BURROS DE TERAPIA
El uso de animales para terapias es algo relativamente nuevo en nuestro país, pero no así en Estados Unidos, Francia o Alemania, quienes han descubierto sus bondades desde hace mucho tiempo.
Dentro de los “terapeutas” más antiguos se encuentran las mascotas tradicionales (perros y gatos), posteriormente se han incorporado los delfines y los caballos y ya es tiempo de añadir a la lista al burro.
En general, los beneficios que se han observado en el contacto terapéutico con animales son: aumento de la relajación, la aceptación de uno mismo, eliminación de los miedos, olvidar los problemas o no tenerlos presentes de una manera tan angustiosa, vivir mejor y mas puramente el presente, mejorar la atención, observación y concentración, mejorar la comunicación verbal y sobre todo la no verbal, calmar los sentimientos agresivos, aumentar la sensación de sentirse querido y aceptado tal y como se es, adquirir y hace evolucionar la inteligencia emocional y ayudar a superar momentos de gran tensión.
La asinoterapia -terapia con burros- ”es una alternativa terapéutica que se desarrolla en diferentes países desde los años 50. Los estudios demuestran que es beneficiosa en el cuidado y tratamiento de personas con problemas físicos y mentales. Concretamente revelan que el contacto repetitivo con burros mejora el equilibrio, contribuye al desarrollo de los músculos finos y, gracias a la interacción con el animal, se estimula el vocabulario, se reduce la hiperactividad en los niños, la falta de atención, etc.
Consiste en tocar al animal, se hace a través de la exploración de su cuerpo, de estar en contacto con él y sus necesidades (alimentación, cepillado y paseos), en este punto la comunicación directa verbal y no verbal que se establece, las caricias, contemplación y admiración estimulan favorablemente. Los canales auditivos y visuales son importantes, pero el kinestésico (táctil-emocional) es quizá el que mayor impacto terapéutico produce. Se practican ejercicios al lado y arriba del burro, dependiendo de las necesidades de cada persona. Este tipo de programas debe ser completamente individualizado y facilitado por profesionales.
En la experiencia que ha habido se ha dirigido a niños desde los 7 a los 14 años. Los mejores resultados se están obteniendo en situaciones de hiperactividad, nerviosismo, depresión, falta de concentración, timidez excesiva, dificultades de comunicación y/o de expresión emocional, trastornos alimentarios, enfermedades psicosomáticos, fobias, etc…
Los beneficios de la interacción con los animales están más que comprobados, son una fuente inagotable de cariño, compañía y efectos positivos para la salud. La presencia de una mascota en casa y/o el contacto regular con animales relaja, libera tensión y aumenta la autoestima. Además permite desarrollar un nivel de comunicación y entendimiento diferente al habitual, que tiene repercusiones favorables incluso en planos profesionales, como puede ser el trabajo en equipo, empatía, tolerancia, etc…
Por esto y muchas cosas más, consideremos la compañía de nuestras mascotas como un aliado para nuestra salud. Y si se tiene algún problema físico y/o mental, considere la posibilidad de una zooterapia asistida por profesionales, muchas veces el sentir el cariño y compañía de un ser que no exige nada ni cuestiona o presiona, puede ser más útil que muchos frascos de pastillas y demás tratamientos químicos.
TERAPIA DE DELFINES PARA NIÑOS
Niños con autismo, síndrome de Down y otras enfermedades discapacitantes pasan una semana al año en Florida (EEUU), en uno de los mejores centros de delfinoterapia del mundo. Sus familias aseguran que la experiencia es extraordinaria.
J. Michael, un niño con síndrome de Down, realizando una de las actividades terapéuticas con un delfín.
La historia de Island Dolphin Care se gestó, probablemente, hace 20 años el día en que nació en Denver (Colorado, EEUU) Joe, el segundo hijo de Peter y Deena Hoagland. Los impulsores del que está considerado como el mejor centro de delfinoterapia del mundo supieron poco después del parto que su bebé estaba afectado por un ‘troncus arteriosus’, una de las cardiopatías congénitas más graves. Ese diagnóstico modificó sus vidas y les hizo pasar años de angustia y sufrimiento de hospital en hospital.
Para sobrevivir a esta patología hay que pasar varias veces por el quirófano. Poco después de la tercera operación, el hijo de los Hoagland tuvo un accidente cerebrovascular que destruyó la mitad derecha de su cerebro. Los médicos dudaban de que Joe saliera alguna vez del coma y, de hacerlo, aseguraron que sería con secuelas muy graves sin posibilidad de mejoría.
Deena y Peter, decididos a que sobreviviera a su problema sin secuelas serias trasladaron su hogar a Cayo Largo, a 100 kilómetros al sur de Miami, a orillas del Atlántico. Allí existía un delfinario que, según aseguran, fue un elemento definitivo en la recuperación del niño.
SALUD ha estado en Florida comprobando que Joe es un joven normal, con mínimas discapacidades que apenas se perciben. Sus padres están convencidos de que buena parte de la recuperación se debe a Fonzie, un delfín macho, que hace años se convirtió en su mejor amigo y también en un excelente terapeuta.
Deena, la madre de Joe -licenciada en psicología y en sociología laboral por la Universidad de Denver (EEUU)- nunca dejó de intentar cualquier terapia complementaria que pudiera ayudar a su hijo. Recordaba que, antes de sufrir la trombosis cerebral le gustaba nadar y que le apasionaban los animales, como le ocurre a la mayoría de los niños. Fue entonces cuando pensó que, tal vez, la actividad acuática y el trato con seres tan inteligentes como los delfines, que suelen ser muy cariñosos con los chavales, obraría el milagro y contribuiría a la recuperación de la movilidad izquierda de su cuerpo y del habla que había perdido su hijo.
PERSEVERANCIA
Meses después de que se iniciara una relación diaria, de casi una hora, entre Fonzie (un delfín joven macho) y Joe, comenzó la mejoría lenta, pero progresiva, de los síntomas motores del pequeño. Con el paso del tiempo, y con paciencia y perseverancia en las sesiones, ha conseguido deshacerse de casi todas las discapacidades que sus médicos aseguraron que serían permanentes.
Los Hoagland no creen que lo que ha sucedido con su hijo haya sido exactamente un milagro’, aunque este término les emociona siempre. En cualquier caso, los resultados de su delfinoterapia improvisada les cambió la vida. Los dos abandonaron sus profesiones de siempre -él constructor y ella, trabajadora social- para fundar y dirigir hace 10 años Island Dolphin Care. Esta institución sin ánimo de lucro vela por ayudar a muchos infantes con discapacidades serias a través de uno de los programas de delfinoterapia más estructurados que existen en el mundo.
«Los delfines son unas criaturas especiales, sensibles y muy inteligentes», asegura Peter Hoagland. «Es fantástico trabajar con ellos y tenemos ya mucha experiencia en lo que se está llamando terapia asistida por animales», recalca.
En Island Dolphin Care trabajan a tiempo completo un total de 30 personas. Hay médicos, terapeutas, expertos en delfines, incluso informáticos preparando programas que permiten elevar las capacidades cognitivas de los niños. Entre los meses de marzo y noviembre reciben a alrededor de 250 familias de todos los lugares del mundo que traen a un niño, o a un adolescente, con una patología seria que sea susceptible de alivio gracias a los cetáceos.
«Atendemos muchos tipos de problemas. La mayoría son neurológicos, como el autismo, el síndrome de Down u otras enfermedades de estirpe neurodegenerativa, pero también aceptamos visitas de niños con sida o con cánceres terminales para que disfruten del trato con los delfines», dice Hoagland.
El programa de Island Dolphin Care está muy bien diseñado. Antes de aceptar cualquier admisión se comprueba que el niño no tenga comportamientos agresivos y que, al menos, la movilidad de la cabeza y de los músculos del cuello sean óptimas. Se recomienda que los padres y los hermanos asistan también a todas las sesiones, para que la experiencia sea compartida en familia.
Durante cinco días, de lunes a viernes, los chavales y sus acompañantes-independientemente de la condición de los primeros- asisten a sesiones teóricas diarias en las que se enseñan las cualidades que tienen los delfines.
Luego, se distribuyen las inmersiones, que se realizan en rústicas piscinas de agua de mar (conectadas por canales al océano). Es entonces cuando los delfines se acercan a los niños, que siempre están acompañados por un terapeuta. Durante al menos media hora en cada sesión, los cetáceos saludan, besan, se dejan acariciar y hasta transportan en sus lomos a los chavales emulando a una moto de agua. Son experiencias únicas que se repiten diariamente a lo largo de la semana y que, en general, acaban influyendo positivamente en la gran mayoría de los pacientes.
INFORMÁTICA
Los Hoagland, además, han incorporado a su programa recursos informáticos que ayudan a comprobar si se producen mejorías cognitivas en los enfermos, una posibilidad antes inexistente. Las grandes pantallas táctiles de los ordenadores sirven para certificar, en muchas ocasiones, las respuestas reactivas ante los estímulos dados de los niños. Una réplica que los padres ignoraban que pudiera producirse.
Así, la combinación de teoría, práctica en el agua e interactividad informática está logrando resultados muy aceptables en un número muy significativo de casos.
«Hemos visto ya miles de pacientes y creemos que ayudamos a muchas familias, porque el porcentaje que repite la experiencia año tras año es elevada y los mensajes que nos mandan cuando llegan a sus casas son muy alentadores», asegura Peter.
«De todas formas, queremos dejar claro que los delfines no curan ni solucionan patologías serias. Son, únicamente, una ayuda más que muchas veces funciona, estimula y alivia. Así lo creen también muchos especialistas, la mayoría de prestigio, que nos remiten a sus pacientes», determina.
El ex constructor reconoce, no obstante, que a la delfinoterapia le falta aún apoyo científico que constate su auténtico valor. «De momento no nos parece prudente pedir a las familias que rellenen cuestionarios muy complejos antes, durante y después del tratamiento [que sería una forma de evaluar los resultados con rigor]. Además, carecemos de los fondos necesarios para hacer investigación en profundidad, aunque estoy de acuerdo en que habría que intentarlo. Ojalá podamos diseñar ensayos controlados en un futuro próximo».
El complejo es una empresa sin ánimo de lucro. El coste de una semana de tratamiento es de 1.700 euros, aproximadamente. Una cantidad que no es excesiva gracias a las donaciones y los patrocinios que recibe Island Dolphin Care. En la factura se incluye, también, el alojamiento de toda la familia, en un hotel cercano a un área muy turística de Florida. «Gracias a estas donaciones financiamos, incluso, un importante número de tratamientos al año en las familias que tienen más dificultades económicas».
EPILEPSIA CON ANIMALES
Cuando las personas interactúan con animales sienten una sensación de unidad con la vida y con la naturaleza; a pesar que es difícil de explicar, algunos autores han descrito las relaciones con los animales como parte de energía de la vida y también como parte de la relación y comunión con Dios.
Las visitas con animales ayudan a que las personas se sientan menos solas y menos deprimidas. Proporciona un cambio positivo en sus rutinas, comienzan a ser mas activas y sensibles, antes, durante y después de las visitas. Ofrece un entretenimiento o una distracción de su dolor o enfermedad. Frecuentemente las personas hablan con sus mascotas y comparten con ellos sus pensamientos y sentimientos. Las visitas les proveen algo por lo que esperar con ansia.
A través de las visitas, es posible llegar en forma más eficiente a la rehabilitación del paciente, debido a que generan la motivación que las personas necesitan, a través de este vínculo especial y cálido que las mascotas son capaces de brindar.
Los beneficios continúan aún después de la visita, debido a que ésta deja en sus memorias no sólo la visita, sino una experiencia que en un futuro compartirá con otras personas.
En un reciente documental de televisión, difundido por la red Animal Planet a través del mundo mediante el sistema de cable, se dio a la luz pública la capacidad que tienen los animales, especialmente los perros, para detectar cambios bio-químicos en el organismo de sus dueños. Mediante el olfato, variación en el tono de voz, y otras variantes percibidas por dichos animales mediante sus sentidos, se comprobó que éstos pueden detectar cuándo esa persona tan cercana a él o ella, puede estar próxima a sufrir un ataque epiléptico, cardiaco o una baja en los niveles de glucosa que le puedan ocasionar desde un mareo o desmayo, hasta la muerte.
Cada ser humano tiene un tono de voz particular, y también es sabido que cada uno expelemos un aroma particular, basado en la química de nuestros cuerpos. Y como cada ser humano es diferente uno del otro, nuestras mascotas aprenden a identificarnos a través de dicho olor, el cual, al sufrir cualquier cambio bio-químico (subida o bajada de glucosa, alza en los niveles de nuestra presión arterial, etc.) dicho olor cambia a otro muy particular. Igual puede suceder con nuestro acento o tono de voz. Siendo el perro “el mejor amigo del hombre”, éste aprende a conocernos al punto de que se acostumbra no sólo a nuestro aroma particular, sino al olor que expelemos específicamente cuando dichos cambios ocurren, o al cambio en el tono o vibraciones de nuestra voz. Más aún, hay casos documentados de ocasiones en que hasta media hora antes de una persona sufrir un ataque de algún tipo, su perro lo detecta y comienza a “avisarle” a su amo que “algo extraño” le está sucediendo, o está a punto de ocurrirle.
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